En su punto álgido, el movimiento de este fin de semana llevó a las masas francesas a enfrentarse a la policía a tan solo 300 metros de las escaleras del Palacio del Elíseo. Solo podemos imaginar la tensión que se vive en la oficina del presidente. En todo el país se movilizaron un millón, tal vez dos millones de personas. La clase dominante se ha visto sacudida hasta la médula. Las imágenes del ayuntamiento en llamas en Limoges se han repetido sin parar, y se ha levantado un gran clamor de solidaridad por sus ladrillos carbonizados y sus vidrios destrozados. Mientras tanto, ni una palabra sobre cómo la policía lanzó gases lacrimógenos contra manifestantes que se reunían pacíficamente esa misma mañana para provocar estos resultados; ni sobre cómo, en las últimas semanas, la policía militarizada destrozó las mandíbulas, los dientes, los ojos y las manos de adolescentes. Ha habido un intento de avivar una guerra cultural, de culpar de esto a los musulmanes y a los llamados «recién llegados». Oh, no, esto no tiene nada que ver con los «recién llegados». Esta es la rabia de una clase local de sans-culottesmodernos que han sido humillados y degradados toda su vida. Un …
A dos meses de la llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia, la clase obrera, la juventud y el campesinado han dado su primera muestra de fuerza con el inicio del Paro Nacional este…
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